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Erasmo tiene 48 años y está en prisión por robo de autos y un secuestro exprés que afirma no haber cometido. Está confeso por los robos, pero sostiene que el secuestro fue una fabricación.
Fue señalado únicamente por su voz, en un proceso con contradicciones y sin pruebas sólidas. “Sí soy la lacra, la cábula, la mamada, pero este delito no lo cometí”.
Nació y creció entre Iztapalapa y Nezahualcóyotl. Su infancia estuvo marcada por el abandono emocional y la inestabilidad familiar.
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Su padre, servidor público en transporte de vía pública, tuvo 16 hijos con distintas mujeres.
Pero no todo era celebración. A los ocho meses de nacido fue entregado a una familia vecina, que terminó criándolo. Fue en esa casa donde aprendió principios y valores.
A los 11 años, lo devolvieron con sus padres biológicos, en medio de disputas por su custodia.
No hubo afecto, límites, ni orientación. Desde los 10 años empezó a consumir drogas: primero alcohol, luego activo, y a los 13 ya fumaba piedra con su hermano mayor.
Su historia con las adicciones duró décadas, hasta que hace ocho años logró dejar la droga, con fuerza de voluntad y apoyo psicológico.
Dentro del penal, ingresó voluntariamente al módulo de rehabilitación. “Aquí también hay droga. Lo único que te salva es la voluntad”.
La violencia no fue ajena en su trayectoria. En 2008, ya había estado preso por robo en Neza.
Describe el sistema penitenciario del Estado de México como una “universidad del crimen”, con torturas, abusos y corrupción.
Fue en ese entorno donde aprendió a sobrevivir y también a perderse.
Su historia de pareja también refleja el impacto de su dependencia. Obligó a su ex a venderse para conseguir droga.
Hoy siente arrepentimiento. Ella lo dejó. Él mismo terminó distanciándose cuando la adicción ocupó el centro de su vida.
Estudió, trabajó, pero nunca tuvo una red de apoyo. Su familia biológica no fue un refugio.
Su padre murió en 2003. Hoy, Erasmo no tiene hijos, ni contacto cercano con sus hermanos. “Estoy aquí pagando mis malas acciones”, reconoce.
Pero insiste en algo: ese secuestro exprés no lo cometió. Lo acusaron ya estando detenido por otros delitos. La única prueba: una voz reconocida vagamente.
“Mi falta de razonamiento e inmadurez me trajo aquí”, dice. Aun así, espera que algún día pueda separar su responsabilidad de lo que no hizo.